“La arte”. Una apología de la actividad artística en los albores de la hipermodernidad.

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Décima Novena Edición Agosto 2019
Actualizado: Wednesday, January 15, 2020 - 19:56
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SECCIÓN: Artículos

“La arte”. Una apología de la actividad artística en los albores de la hipermodernidad.

Dr. Antonio Sustaita

 

Con el arte hoy día ocurre como con el enfermo a quien, pensando que se halla moribundo, de forma por demás precipitada se intenta por todos los medios, efectuarle un estudio anatómico, a saber, una autopsia. Después de tantos desvaríos e imposturas vale la pena aclarar las cosas de una buena vez: el arte no se halla enfermo, hay que entenderlo, y muchos menos moribundo, y ano digamos muerto, por más que lo pregonen esos personajes de la buena e inocente fe, que no pensadores, por más certificados que hayan expedido personalidades de la talla de Arthur Danto. La talla académica y el resplandor carismático no significa que comprendan lo que sucede con el devenir artístico. Tenemos por el contrario pensadores, ellos sí, como Wladislaw Tatarkiewicz y Larry Shiner, que han explicado claramente la naturaleza del fenómeno artístico, caracterizado por una potencia dinámica y transformadora. Todo lo opuesto al agotamiento y la falta de vitalidad que los otros ponderan.

Tal proliferación de descalificaciones y prescripciones, al estilo de “cómo puede ponerse en pie este cadáver” o “¿cómo es posible que este moribundo se presente como algo bello?” resultan inversamente proporcionales a la vitalidad, dinamismo y voluntad de lo artístico. Ni enferma, ni mucho menos cadáver, la arte actual se enfrenta a sus detractores con una fuerza insospechada. Dando fe de un poderío desconocido ha roto los ropajes que se le habían impuesto en otras épocas, las formas en las que se le buscaba aprisionar y los discursos que buscaron definirla. La arte ha destrozado los ataúdes que buscaban aprisionarla ya muerta. Porque el arte es mujer, ser femenino y no masculino. Inconforme e insatisfecha, la arte deja los espacios de enclaustramiento, museos y galerías, para entregarse al desenfreno de los movimientos políticos y sociales, gustosa anima las prácticas performáticas de los grupos marginales en sus protestas callejeras. Esto hace la arte, entre otras cosas.

La arte ha decidido no existir al margen de la vida humana, de la realidad social, de las problemáticas que sufren los actores y sujetos sociales, los individuos más golpeados por la sociedad. Como ocurrió en esa ruta tan bien trazada hoy día por los historiadores, que conocemos con el término expresionismo, la arte decide desciende la escalera por alcanzar el espacio terrestre y abandonar los muros y las peanas. Gauguin, Lautrec y Van Gogh pueden ser considerados los pioneros en este giro no sólo artístico, sino epistemológico, porque gracias a ello la arte se presento como una forma de conocimiento y no sólo como un actividad productora de objetos decorativos. Mención especial merece Marcel Duchamp, bien llamado padre del arte conceptual por dos obras: el Desnudo bajando la escalera y la Fuente.

No es posible acometer la destrucción del mundo y, a despecho, exigir un arte de lo edificado; resulta del todo ilógico y moralmente cuestionable asesinar seres humanos indiscriminadamente, rebajarlos a la nada, devaluar sus vidas, como ocurrió con las Guerras Mundiales, como ocurre en la actualidad, y, por otro lado, exigir un arte de la bondad, de lo bello, de lo equilibrado, cuando la realidad es desequilibro, espanto y terror. Resulta del todo incomprensible que los barones de la destrucción aspiran a decorar los muros de sus palacios con obras bellas, cuando su propósito es destruir todo aquello que se encuentra fuera del palacio: ecosistema, ciudadanos, animales. Un arte de lo aterrador, de lo espantoso, de lo despiadado, de la devastación es lo que corresponde a un siglo y medio en el que el espíritu humano decidió manifestarse de tal forma. Así, siguiendo aquello expresado tan bien por Michel Faucault, la arte practica la parresía, la franqueza de palabra, una crítica frontal y despiadada contra los abusos del déspota, del poder gobernante y su séquito de personajes corrutos y malhechores: es un espejo donde el mal tiene que mirarse, el mal y los malos, para que sepan lo que son. De tal suerte la arte constituye un espejo que otorga a quien se mira en él, a quien está forzado a hacerlo, su naturaleza verdadera, por más terrible que ésta sea. Es por ello que Jean Claire asegura que lo abyecto, eso que corresponde al cuerpo destruido en el arte, es la categoría más elevada del arte del siglo XX. En ese sentido el arte es medicinal, corresponde a Medea, pues resulta imposible cualquier cura si no existe antes un diagnóstico, los pormenores del malestar del organismo. La sociedad capitalista ha estado enferma desde su nacimiento, una enfermedad más grave que la de las fases históricas precedentes. Tanto daño conlleva que lo ha transmitido al planeta.

Por fortuna, la arte no se halla separada de la realidad; querámoslo o no, la arte es la otra cara de la moneda de la vida humana. No más que un espejo y no menos que él, brinde el reflejo de quien y de lo que allí se asoma. La arte no miente, muy al contrario, como s se tratase de un dardo forzosamente envenenado, brinda un reflejo que se clava en el súbito espectador: si se asoma una bruja no puede devolverle la imagen de una doncella; si se asoma un gobernante corrupto no puede devolver la imagen de un horticultor o un orfebre. Quienes se quejan de un arte desmaterializado, discursivo y codificado, de un arte conceptual límite, no practican la misma queja contra un mundo donde el tiempo real ha destruido el espacio real, donde las empresas más exitosas son aquellas que no producen sino códigos y flujos de información, donde las corporaciones industriales más poderosas son las que más contaminan el mundo. El arte conceptual, llamado también contemporáneo es el perfecto parangón de la cultura postmoderna e hipermoderna.

La historia, por más extraño que parezca, no tiene lugar para melancólicos. El arte siempre es de su tiempo, nunca de un tiempo pasado, pues es el arte la más esencial.

A finales del siglo XIX y principios del XX, nos encontramos con una tensión entre los procesos de estetización y los procesos de validación del arte, no ya de la estética. Cuenta de ello lo da la sucesión de exposiciones basadas en la descalificación y el rechazo, tales como Salón de los rechazados, Exhibición de artistas independientes, Salón de Otoño y Arte degenerado. Desde el impresionismo, a lo largo de las vanguardias históricas, la legitimación de la valía de una obra no iba a realizarse vía la validación y la calificación sino por su opuesto, la invalidación, la descalificación y el desprecio. Muy atrás quedaban los tiempos del arte bello, apreciado y aprobado. A partir de entonces el artista buscó, en los inicios muy claros de lo que sería después considerado por Dany-Robert Dufour como el sujeto histerológico, el rechazo total y frontal de la academia como proceso fundacional de lo artístico. La posmodernidad se manifestaba muy temprano en el ámbito artístico. Demasiado temprano para ser precisos.

La pose desvencijada de quien hoy desvalida las manifestaciones del arte contemporáneo o conceptual, esa melancolía incomprensible, nos hace girar la cabeza en el apresurado viaje del devenir cotidiano, donde parece más importante la velocidad de nuestro vehículo que el lugar hacia donde nos dirijamos. Y tal vez la pregunta esencial sea la siguiente: ¿vamos hacia algún sitio? Y la respuesta muy bien podría ser ésta: la hipermodernidad es el viaje a toda velocidad hacia ninguna parte. Como lo ha advertido Paul Virilio, teórico de la dromótica, el accidente general acecha la época de los sistemas globales. Así que la respuesta a la pregunta inicial bien podría formularse de este modo: vamos a toda velocidad hacia ninguna parte en un viaje cuya única certeza no ha de ser el arribo, sino el accidente. En otros términos, viajamos a toda velocidad hacia el accidente, es decir, hacia el fin catastrófico. Quién no quiera creerlo revise las noticias. Tanto el accidente cultural, el que depende de las acciones humanas, como el natural, que en cierta medida depende también del desequilibro planetario causado también por el hombre, nos espera a la vuelta de la esquina.

Ciertos autores, presas de una gran preocupación por la belleza, advierten de la desestización del arte conceptual. Boris Groys habla incluso de lo extra-estético. Craso error. Error escópico, pues a lo que quieren referirse en realidad es a la ampliación del campo de lo estético y no a su cancelación. No se trata de la eliminación de la belleza y demás categorías estéticas que la acompañaban como partes exclusivas de modo determinante bajo el mando académico. No nos enfrentamos en realidad a una desestización del arte, sino a la ampliación del campo estético que incluye categorías que dan cuenta de la nueva realidad. A fin de cuentas, fueron los barones de la guerra y el dinero, adoradores de Moloch, quienes provocaron las dos guerras mundiales: los artistas lo único que hicieron fue enfrentarse a las nuevas formas de fascinación provocadas por la destrucción, ese mundo sedimentado. El sedimento estético no es distinto del sedimento social causado por la guerra. Igual ocurrió en el dominio industrial, no fueron los artista quienes crearon la producción en serie ni las nuevas fórmulas y formas industriales, sino lo que fueron capaces de advertir que alguna de éstas no se hallaban del todo distantes de la fascinación. Y ojo que he utilizado fascinación y no bello o estético, confusión en la que se incurre con gran facilidad hoy día, pues lo que he querido subrayar es aquello que los griegos consideraban “estética”, a saber, esa forma creada por el hombre que nos arrebata, que nos desequilibra, y ocurre esto ya sea por lo bellos o por su opuesto, lo monstruoso. Nos movemos en arte entre lo Heimlich, la forma ilícita, y lo Unheimlich, la forma ilícita o, para situarnos en el ámbito jurídico y sicoanalítico, perversa.

Para aquellos que piensan en un debilitamiento de la estética debe entenderse que, a principios de las vanguardias históricas, más que de una debilidad de la estética se trató de una vitalidad perturbadora, vibrante y sorprendente. La pujanza, poderío y determinación de las vanguardias de finales del XIX e inicios del siglo XX sorprendieron a propios y extraños. Y no es que la estética, que no es lo bello únicamente, decreciera, sino que amplío su espacio de acción, pues no hay estética sin interpretación y en ese sentido toda estética es praxis. La estética amplió su espacio de acción con la incorporación de nuevas categorías que dieran cuenta del arte que estaba ya ocurriendo y del que estaba por venir. Por fortuna, nunca el arte se ha sometido al dictum de la estética ni de la crítica. Siempre el crítico y el teórico, para bien y para mal, vienen después. Y concluimos con esta afirmación que no creo que nos resulte sorprendente a quienes escribimos y leemos estas palabras. La arte es la más elevada manifestación de lo humano. La más bella y, también, la más aterradora. El artista es quien revela esa verdad llamada arte.

1 Profesor investigador de la Universidad de Guanajuato. CONACYT SNI-1