Autorepresentación en la fotografía

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Décimo Octava Edición Diciembre 2018
Actualizado: Friday, December 7, 2018 - 18:43
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SECCIÓN: Comunicación corta
AUTORREPRESENTACIÓN EN LA FOTOGRAFÍA
Dra. Natalia Gurieva, Yarenni Aguilera Martínez

(comunicación corta)

La pintura fue durante muchos años el principal medio para documentar la realidad, la fotografía llegó para facilitar su labor. A pesar de ser un invento científico, la fotografía agradece sus principios a la pintura, principios tales como el tipo de iluminación, tipo de encuadre, ángulos, etc. Podemos ver la relación entre fotografía y pintura por medio del pictorialismo. Surge como reacción a la creciente mercantilización de la fotografía aproximadamente en el año 1890 en Europa y defendía a la fotografía como arte. Este movimiento fotográfico podría considerarse como primero que introduce la fotografía al medio artístico y su acción tuvo lugar en la época de la negación de su valor artístico, ya que, si bien era necesaria la manipulación de un usuario. Sin embargo, la cámara era capaz de generar la obra por si misma debido a su mecanismo y manera de ser operada. Con anterioridad a esto, los pictorialistas tomaron su inspiración de la llamada fotografía academicista que surge a raíz de la polémica de identificación artística y buscaba crear una relación entre el arte y tecnología con elementos propios de la pintura para así encontrar la manera de situar la ontología artística en la fotografía. En su libro, Charles Baudelaire marca una diferencia entre el medio para producir arte y el arte:

La poesía y el progreso son dos ambiciosos que se odian con un odio instintivo, y, cuando coinciden en el mismo camino, uno de los dos ha de valerse de otro. Si se permite que la fotografía supla al arte en algunas de sus funciones pronto, gracias a la alianza natural que encontrará en la necedad de la multitud, lo habrá suplantado o totalmente corrompido. Es necesario, por tanto, que cumpla con su verdadero deber, que es el de ser la sirvienta de las ciencias y de las artes, pero la muy humilde sirvienta, lo mismo que la imprenta y la estenografía, que ni han creado ni suplido a la literatura. (Baudelaire, 2005)

Esto nos permite advertir que la tecnología podrá seguir avanzando, pero siempre será un mecanismo reformado para modernizar e innovar el medio artístico. Sin embargo, el arte es irremplazable y nunca perderá su esencia, por lo tanto, la tecnología aparece en la visión de muchos como un elemento adyuvante de la expresión artística.

Con la imagen, la representación se vuelve un tema más personal e individual. Es un hecho que la fotografía traduce a una imagen física, pero ¿cómo se podrá lograr que esta haga una semejanza moral de la persona? Nace la inquietud de ver más allá de la imagen gráfica de una representación y facilitar nuestra comprensión del mundo. La postura de la sociedad ante la capacidad de la imagen fotográfica es uno de los motivos para establecerla como la expresión de una problemática que resuelva la utilización de los dispositivos y los mecanismos de captura. Con el manejo desmesurado, la fotografía extiende su terreno basándose en la idea de hacer una reproducción más allá de lo visible, abarcando temáticas intimas y particulares como las enfermedades mentales, se desarrolla dentro del campo de la sensibilidad, la ficción y fantasía. La imagen obtiene gran mérito por su autentificación y la revelación de su configuración. Gracias al uso dinámico de la fotografía, la imagen produce una narración más reflexiva para el acto de no solo mirar sino de observar.

Imagen Digital e Imagen construida

Hemos llegado a la imagen digital, la cual hoy en día se encuentra en su época de oro gracias a su difusión a gran escala en redes sociales con los mayores cánones de calidad y nitidez para su producción profesional y las fasciantes herramientas para el tratamiento de imágenes como, por ejemplo, Adobe Photoshop entre otros. La intervención de la fotografía de acuerdo con el gusto y voluntad propia y exclusiva de sí mismo, a través de los medios y dispositivos de su elección para llegar a la decisión de que la obra ha sido finalizada esta accesible a todos. Esta manipulación digital ha dado origen técnicas artísticas como el fotomontaje, efectos visuales que pueden lograrse por ejemplo con el juego de luces y sombras, barrido, larga exposición, o también generar cambios en nuestra perspectiva o ilusiones para confundir a la mente.

La computadora permite un proceso de tratamiento y experimentación para la creación de una composición digital. Luis Carlos Acosta, en su trabajo final de Grado “Fotografía Experimental. Del haluro de plata al pixel” hace la siguiente mención:

Los recursos de edición y procesamiento digital permiten hoy jugar hacia dentro de la pantalla con una cantidad casi infinita de imágenes (más exactamente fragmentos de imágenes), hacerlas combinarse en arreglos inesperados, para enseguida, repensar y cuestionar esos arreglos, redefiniéndolos en nuevas combinaciones. (Acosta, 2010, pág. 31))

Ya no se piensa en obtener un producto breve, sino que es necesaria la intervención para llegar al objetivo final. Es indispensable la fusión de elementos y propuestas ya que nos encontramos en una constante evolución digital que, entre otras cosas permite admirar alguna situación de manera diferente, en ocasiones, abstracta. Nos muestra una realidad con un significado intensificado, o quizás un significado muy oculto, o bien, un conjunto de significados dentro de su composición.

Sin embargo, para un mejor aprovechamiento de dichas herramientas digitales, ajustes fotográficos y la carga de contenido emocional la mejor practica es el autorretrato, lo vemos por el éxito obtenido por los artistas contemporáneos gracias la libre expresión en la autorrepresentación y el enredo de elementos emocionales, psicológicos, físicos, políticos, económicos, entre otros.

Ruptura tradicional: cambios contemporáneos

Durante los siglos XIX y XX el autorretrato alcanza su mayor popularidad. Los conceptos que fueron estableciendo al autorretrato como tal y las características para su producción tuvieron un gran giro a partir de diversas inquietudes e investigaciones sobre la composición del rosto, la identidad, la personalidad, etc. Es decir, entraron en juego factores como el semblante, las revelaciones del alma, las exteriorizaciones de la conciencia y la sensibilidad del artista, de su experiencia, sus emociones, su carácter, su estado mental, su gozo o sufrimiento, entre muchos otros determinantes que, por su flexibilidad y su carácter recóndito, alientan al individuo a tomarse como objeto de estudio y encuentran su punto de escape por medio del autorretrato.

La principal característica que hace detonar el éxito de este modo innovador de autorrepresentación, es la perdida de la verosimilitud, la falta de reconocimiento físico, concepto que, en sus inicios, era primordial para el momento de inmortalizar y trascender a un individuo de renombre que dentro de la obra luciera identificable y no fuera posible confundirle. El propósito era claro, la obra permitía ver a un personaje en su época, sus rasgos físicos y el semblante que le caracterizaba. Ahora, las nuevas prácticas representan prácticamente lo opuesto a los estereotipos del autorretrato. En la actualidad, se rompe con el precepto de que la obra fuese lo más parecido posible y fiel a la realidad.

Al autorretrato ya no le basta con la apariencia o expresividad del artista, y es a partir de la segunda mitad del siglo XX cuando la subjetividad toma el protagonismo de la obra. La obra ya no quiere ver solo gestos e imágenes superficiales, ahora exige un contenido más oculto, más íntimo, algo que estimule de cierto modo al espectador. Este pensamiento, esta búsqueda y reflexión es lo que ha venido acentuando al individualismo porque, al ser una cuestión de carácter personal, la representación se hace desde la aplicación de nuevos valores o diversos panoramas estéticos.

También es importante resaltar que, en este tipo de obra, deja de importar la idealización de la figura del autor porque es innecesario para el autor en tanto no se busca plasmar una belleza o un rostro atractivo. Al ser el espíritu o el alma el personaje principal, sabemos que varían las personalidades entre individuos, la imagen autorrepresentada es un aspecto centrífugo de la apariencia y puede ser muy transparente o muy oscuro. En esa figuración entran a escena un sinfín de adjetivos ya sean positivos o negativos, reales o irreales como, por ejemplo, Lo feo, lo hermoso, lo simple, lo complicado, lo ridículo, lo extravagante, lo tétrico, lo serio, lo grato, lo atractivo, lo seductor, lo desagradable, lo placentero, o cualquier otra propiedad, naturaleza o condición que desee exponerse.

El autorretrato contemporáneo no discrimina estos antagonismos, al contrario, se alimenta y se enriquece de esta procacidad. Es por ello por lo que el valor estético de la obra no se avala de la belleza, o lo agradable a la vista que esta pueda llegar a ser, sino de la fuerza del contenido místico.

La fotografía fue siempre muy acentuada en sus temáticas; sus representaciones se basaban en paisajes, retratos, naturaleza muerta y arquitectura. El objetivo era estar siempre en similitud con la realidad. A diferencia de la fotografía contemporánea, en el autorretrato contemporáneo, las tendencias se vuelven connotaciones profundas, por ejemplo, de carácter anímico, mental, o emocional. La obra se sustenta de elementos con gran simbolismo que fortalezcan la carga de contenido de la obra, la importancia es rescatar el espíritu en el retrato o autorretrato y tiene una fuerte inclinación por la distorsión de rasgos o hacer cualquier modificación posible a la forma natural humana, dificultando el testimonio exterior de la obra y haciendo una conexión con lo ficticio para lograr demostrar lo imperceptible a la vista, es decir, elementos que nos conforman, que no vemos, que no tienen nombre, que no podemos explicar pero podemos sentir y nos afectan de manera directa, es decir, nuestros componentes incorpóreos: pensamiento, espiritualidad, emocionalidad, etc..

De esta manera, es el observador quien hace una recodificación de la obra utilizando para esto los recursos de su intuición. Esta lectura es posible gracias a los símbolos o códigos que el autor decida situar en la obra y de esta manera pueda tomar sentido y dirigir su configuración.

En la revista Estética y Arte Contemporáneo, Inmaculada Rodríguez Moya, en su artículo “El retrato contemporáneo: del realismo a la pérdida del rostro” dice que: “Para la "ilusión" de realidad ya está la fotografía. Esperamos una obra de arte, plena de significados, una mirada subjetiva, incluso hasta deformada y violenta” (pág. 55). Con esto, Rodríguez Moya, nos da a entender que la separación que ocurre en el retrato contemporáneo con el deber de que la representación sea reconocible y fiel a la realidad. Su construcción se enriquece de múltiples elementos visuales y afectivos.

Artista contemporáneo y la autorrepresentación

El arte contemporáneo además de preocuparse por las técnicas utilizadas o por si una obra es digna de ser arte, se preocupa también por diversos asuntos, políticos, económicos o cualquier situación que envuelva a nuestra sociedad. El artista manifiesta su discurso y postura ante tal problemática a través de su obra. Existe una variedad de factores para comunicarnos con el receptor: la personalidad, la edad, intereses, posición social y económica, entre otros. Todos estos factores influyen en el estilo que el artista tiene para comunicarse con un público.

Hablando de autorretrato, sabemos que este funciona como sustituto ante la ausencia física de la persona, es un doblaje de ella o de una personalidad. Conlleva un equilibrio, o bien, desequilibrio entre el contenido íntimo y público que lo conforma. Puede bien mostrarnos el frente del artista, su esencia como persona, o la espalda de este, una parte intima que deja como tarea para interpretar al observador.

Egocentrismo e Individualismo.

¿Es acaso el autorretrato un modo de representación donde el artista se convierte en su propia función gráfica como necesidad para aquellos que buscan ser reconocidos? Una obra de arte se compone, además de por el producto final que contempla el receptor, por el tiempo invertido en su ejecución y uno de los factores fundamentales para la composición de una obra y en donde participan particularidades como el ego y la dignidad del individuo, es la firma del artista.

El artista sitúa su firma como un distintivo ante su obra con el fin de ser identificado e inconfundible. Desde que el arte es considerado arte, el hombre siempre ha buscado la manera de dar nombre a todo lo que hace, es como introducir su sello personal. La firma es un factor que, en definitiva, el artista trata de revelar siempre ante los ojos del público. Es como un tipo de pensamiento artístico para aquellos que dedican su vida al arte.

Gracias a ese sutil distintivo, el autor logra ser reconocido y nos traslada a la identidad del sí mismo por medio de las singularidades que lo ha hecho sobresalir dentro de un contexto artístico. El artista toma consciencia de que todo aquello que posee y lo conforma es único.

Es por ello que adopta conductas ególatras, “vive hacia adentro”, desde el momento en que es incitado por sí mismo de prestar atención y pensar constantemente en cuáles son sus intereses, inquietudes, sus deseos, su sentir, su percepción de si mismo y sus aspiraciones desentendiéndose por completo del resto. Es por ello por lo que en ocasiones y, dependiendo, de la tendencia del artista, este se vuelve un tanto egoísta y ambicioso de sí mismo lo cual conlleva a un desinterés y desapego social, lo cual, es paradójico ya que las controversias sociales suplican nuestra intervención. Por esta razón el autorretrato corre el riesgo de desliarse en los aspectos perniciosos. Lo que nos lleva a una tiranía individualista que es respaldada por la contemporaneidad que enfrentamos, los cambios en el pensamiento y la moral, prioriza atender a nuestras necesidades preeminentemente.

Aunque el autorretrato y autoanálisis no siempre es negativo, también tiene contradicción, el artista pasa por una etapa de introspección, momento en el cual tiene la oportunidad de superar sus expectativas de sí mismo, sin influencia alguna, edificando una representación constructiva de su ser. Este disparate lleva al artista a su triunfo o hundimiento emocional.

Las funciones del autorretrato desde su identificación temática.

Las funciones del autorretrato son diversas y muy dispares, se proyecta como espacio de síntesis, como un medio de expresión, de nuevas áreas de oportunidad para el artista de descubrirse a sí mismo, desde múltiples expectativas, ideas o figuración que tenga sí mismo y trabajar con la significación de lo que quiere demostrar o a lo que pretende llegar con la autorrepresentación. Todo esto es un proceso donde el autorretrato contemporáneo expande sus límites, no tiene restricción alguna. El autorretrato contemporáneo al ser muy variado se vuelve también muy complicado para la comprensión, dejando al descubierto ante los diferentes y complejos pensamientos de un público determinado, el concepto, o la idea principal y el significado de la obra, quien es protagonista, es decir, el intento por descifrarlo adquiere la atención mientras que la habilidad de la técnica pierde importancia.

Las técnicas de autorretrato son tan variadas que en ocasiones ya no vemos la composición asemejada a la realidad, el término análogo pasa a ser opcional, pero donde realmente encontramos el eje central de la obra es en el contenido alegórico. Por lo tanto, para determinar la función de un autorretrato analizaremos tres enfoques en la obra del artista contemporáneo, el primero, cuando la obra conlleva al estado anímico del artista, el segundo, cuando la obra sobrelleva un conflicto personal o de identidad, o tercero, cuando supone una problemática social; a pesar de la temática de configuración, la obra envuelve cualidades intrínsecas del artista, lo cual nos da pauta para diferenciar el proceso creativo acorde a la situación.

Autorretrato Emocional

Basándose el autorretrato contemporáneo en el arte conceptual, se tiene presente principalmente “los sentimientos de fondo”, término que desarrolla Martín Ruiz Calvente en su artículo Cuerpo, realidad y expresión. (Calvente, 2008)  y se refiere a las imágenes que están presentes en nuestra mente al momento de experimentar emociones y como adaptamos de manera visual a un elemento incorpóreo como lo es un sentimiento.

Las emociones se modulan conforme a la existencia misma, el sentimiento del ser, y del estar pero que se esconde tras un determinado estado anímico, que, parafraseando a Ruiz Calvente, es el tono vital ralentizado del estado del cuerpo.  Es este tono de fondo que clarifica la realidad personal y el que habla para la concepción y reconstrucción de la idea que se busca representar visualmente.  Dicho fondo corporal se compone de sensaciones corporales y a su vez de imágenes corporales generadas a partir de estas sensaciones produciendo múltiples partes corporales y sensoriales.

El proceso del sentir se concreta mediante la percepción que tenemos a nuestras emociones y va de la mano del estado del cuerpo, por ejemplo, sabemos cuándo nos sentimos cansados, estresados o enfermos y este sentir corpóreo a su vez nos genera un estado anímico, como enojo, tristeza o nostalgia. De este modo ocurre la relación del estado físico con el estado mental. El artista hace la relación con el arte para aterrizar dichos estímulos que condicionan la conciencia y la persistencia temporal para llevar a cabo un proceso mental de representación.

Obtenemos una representación psicológica que busca como soporte recursos expresivos para vincular la comprensión a diferentes perspectivas.

En la Revista de Estética y Arte Contemporáneo, Inmaculada Rodríguez Moya, en su artículo “EI retrato contemporáneo. Del realismo a la pérdida del rostro.” (2010). Hace un análisis sobre la serie de retratos inspirados en la mascarilla mortuoria de William Blake, de 1955, sobre cómo es posible lograr una narrativa emocional a partir de un semblante impávido, haciendo una interpretación de soledad y desdicha, dejando al descubierto los males de alma como protagonistas de la obra además de ser una obra muy alejada del concepto de lo bello donde la apariencia física influye minúsculamente. En ese mismo artículo, Moya hace también el análisis sobre la “dobledad” de Frida Kahlo, ahí entra en función en análisis emocional y además la identidad múltiple ya que la obra muestra una doble personalidad y un doble sentir, dicha obra ofrece, en una misma composición, diferentes perspectivas del mismo personaje.

Identidad del Autorretrato

Nuestra facha corpórea, el aspecto de nuestro rostro, encubre una personalidad, un carácter o una identidad singular, que despierta el interés del artista por descubrir y dar a conocer. René Lécuyer (1985) en su libro “Le concept del Sol” enuncia los siguientes incisos para el esclarecimiento de la identidad:

Imagen personal y las imágenes sociales.
Cómo el individuo percibe a los demás.
Cómo los demás perciben al individuo.
Cómo el individuo supone que los demás le perciben.
Una mezcla de diversos criterios.

Estas consideraciones nos facilitan el modo de entender la complejidad de la identidad, haciendo una separación de las diferentes perspectivas dentro de las cuales podemos encajar o catalogar la personalidad, estado anímico, o bien, la situación que el individuo pretende mostrar.

Alma y cuerpo comparten entre sí sus mutuas afecciones, pues el cambio del estado de ánimo transforma la forma del cuerpo y, a su vez, el cambio de la forma del cuerpo conlleva la transformación del estado anímico. (Petanàs, 2015)

Estas trasformaciones originan múltiples modos de representación en las cuales vemos a un mismo protagonista en sus diferentes facetas emocionales. Cada alternativa emocional construye una identidad temporánea para el espectador. 

El rostro es una herramienta eficaz para la representación emocional por la fácil interpretación gesticular ya que vemos un elemento sólido, conciso  y, además, transitorio. Pero cuando nos referimos a la identidad de la persona, entramos en conflicto ya que esta no tiene relación con algún prototipo evidente para identificación de personalidad e identidad.

“Cuatro imaginarios se cruzan, se afrontan, se deforman. Ante el objetivo soy a la vez: aquel que creo ser, aquel que quisiera que crean, aquel que el fotógrafo cree que soy y aquel de quien se sirve para exhibir su arte”. (Barthes, 1989)

La cuestión de identidad puede variar incluso en un mismo artista ya que no exige ser un criterio verídico. Entra una transformación de rasgos en general, ya sea físico, emocional, psicológico, y va a depender de la ideología que el artista tengo de sí mismo, que, por poner un ejemplo, puede ser tan paradójico como la representación de superioridad o incluso inferioridad. A su vez, esta ideología dependerá de los elementos que conformen la contemporaneidad del artista, refiriéndonos a elementos políticos, sociales, económicos y culturales.

La imagen que un público tiene de nosotros puede ser acertada o bien, puede ser distante e incierta de la propia imagen que tenemos nosotros mismos. Hablamos de un desacuerdo entre la imagen interior y la imagen exterior que crean titubeo respecto de la realidad. Por lo general, se manifiesta en el expresionismo.

Problemática social

El autorretrato es un arte con la capacidad de hacer visibles las problemáticas sociales contemporáneas o actuales, por ejemplo, migración, racismo, pobreza, entre otros. Por este lado, dichas problemáticas fungen como disfrute para el arte contemporáneo.

En esta categoría social, salen a la luz las habilidades persuasivas del artista, la originalidad en su técnica y su habilidad para enfocar la obra a la problemática en cuestión y esclarecer su intención al espectador. Aquí lo importante de la obra es su utilidad informativa o educativa. El artista funciona como un comunicador, o una voz colectiva. Utiliza el arte como protesta ante un desacuerdo o también como apoyo o aprobación a una situación. El artista se engancha del arte para trasmitir un mensaje a una comunidad y generar alguna respuesta por parte de esta.

Para que la finalidad se cumpla, la obra debe contener lenguaje claro y simbología que intervenga en la conciencia social. El autorretrato puede ser uno de los medios más adecuados para conciliar con el espectador respecto a determinada situación ya que, mientras más homóloga sea la obra al espectador, más empatía provoca respecto de la situación en cuestión ya que al pretender hablar de un asunto determinado, el espectador establece una experiencia propia. La expresividad del artista es una herramienta manipulable por sí mismo teniendo este el control de sus emociones, la idea conceptualizada y conectada consigo mismo.

Conclusiones

La contemporaneidad es un concepto amplio y, a su vez, estrecho en la línea del tiempo, que se encuentra en constante circulación como un género de la temporalidad histórica, que se basa principalmente en el pensamiento socialdemócrata y cultura permaneciente durante el tiempo en que se construye y que ha sabido aprovecharse y nutrirse de los medios de comunicación.

Llegando a este género de lo contemporáneo las propuestas artísticas se vuelven polifacéticas y variadas, no existen limitaciones conceptuales o técnicas. Es importante reconocer que no se enfrasca en la representación de la realidad y que el concepto de la obra surge de una experiencia propia, de la cual, acumula el contenido significativo para plasmar de una manera excepcional los elementos sensoriales y obtener como resultado un concepto trabajado o manipulado y que además la interpretación va co-depender de la intención del artista y de la percepción del observador.

Bibliografía

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